Empecé terapia. Y lo que me dijo el imbecil de mi terapeuta, el enfermo ese que Dios sabe como mierda tiene un título universitario, es que me conviene empezar un diario para soltar lo que me pasa. Que es bueno que escriba cosas que pienso o que me pasan, cuando me den ganas, para que después las veamos en terapia (si yo quiero). Y no, no quiero. Pero igual... escribo.


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Otra vez acá. Volví a terapia. Después de meses.
Salí de la sesión y caminé, miré vidrieras sin ver. No compré nada.
Me fuí a cenar sola. Me llamó Vicente, le dije que estaba ocupada. Hice sobremesa perdiendo el tiempo, haciendo barquitos de papel cada vez mas chiquitos con hojas arrancadas de la agenda.
Volví a casa. Prendí un cigarrillo. Prendí la compu.
Volví al blog.

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